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sábado, 2 de agosto de 2014

FUERTEVENTURA NORTE

Segunda etapa de mis recorridos por Fuerteventura. Tras llegar hasta el sur el finde anterior, me dispuse a hacer lo mismo con el norte una semana después.
La bici bien puesta a punto y salida temprano desde Puerto del Rosario hasta el pueblo de Tindaya en coche, para iniciar la ruta desde la montaña mágica de Tindaya, la montaña blanca, tan llena de historias y leyendas a lo largo de los años. Esa leyenda, ese misterio se multiplicaba varias veces por la bruma que cubría la cercana cima, y tapaba el recién nacido sol para dar una aspecto sombrío y mágico al lugar. Serían las 8 y media de la mañana y desde ahí inicié mi camino por el GR-131 rumbo al norte, hacia La Oliva.

No tardé mucho, el sendero era bueno. Pude encontrarme con alguna que otra rapaz que descansaba al borde del camino. La Oliva aun estaba desperezándose, recién oliendo a pan nuevo, cuando llegué. No sé como lo hice pero me perdí una y otra vez. Es difícil diferenciar entre La Oliva y Villaverde y no terminaba de encontrar un sendero que caminara por entre el Malpaís de la Arena, que era mi objetivo al salir. Después de casi 40 minutos dando vuelta, pregunté a un vecino que andaba en bicicleta también y me llevó hasta Villaverde por la carretera nacional y luego de meternos en el pueblo, me indicó amablemente como continuar mi camino hasta Lajares. El camino no era el que quería haber cogido pero en mis interminables momentos de pérdida pude recorrer un buen tramo por el Malpaís de la Arena.

Una vez cogí camino no tardé ni 10 minutos en llegar a Lajares. La verdad estaba un poco desesperado por tanto tiempo perdido. Tras llegar a Lajares seguí por el campo de fútbol hasta llegar al sendero que subía a Calderón Hondo: un enorme cráter volcánico que se mantiene majestuoso y vigilante en el norte de la isla. Me atrapó un hombre que venía con un pepino de bici y nos pegamos la subida al volcán a piñón los dos. Fue dura, sobre todo una vez arriba, porque el camino se estrecha y se convierte en una especie de "adoquinado volcánico" (literal) y sentarse en el sillín te dejaba el culo hecho trizas. Así que de pie y despacito... Las vistas del norte eran impresionantes: A la derecha la costa de Majanicho con sus blancas playas, al sur Lajares y de fondo el Malpaís de la Arena, a la izquierda las dunas de Corralejo, y al norte Corralejo en primer término, Lobos a continuación, y al fondo: Lanzarote. Una pasada.

Luego de una rápida bajada entre volcanes, disfrutando del paisaje, viendo las cuevas y los hornos naturales salidos de entre la tierra, y de parar a ayudar a un chico que había pinchado una rueda del coche en mitad de ningún lugar, terminé llegando con mi compañero de viaje hasta Corralejo, donde había quedado a las 11.00 con algunos de mis ya ex-alumnos, en el CEIP Antoñito "el farero". Parada para recuperar fuerzas y ya con los chicos hasta El Cotillo.
Recorrí la costa norte de la isla, desde Corralejo al faro de El Cotillo, pasando por Majanicho en compañia de Luca, Stefania, Giancarlo, Federico y Chiara. Tuvimos que hacer dos paradas obligadas: la primera por pinchazo, la segunda por cerveza. Paramos en un chiringuito, "el perdido", en mitad de la nada, a 5 km de cualquier cosa, en una calita pequeña rodeada de rocas y de la arena más blanca y fina que pueda haber visto jamás. Así es la costa de Majanicho. Incluso con gafas de sol, el reflejo del sol en esta arena tan blanca hace daño en la vista... es como la nieve. Cervecita, buena charla y de regalo una tapita de boquerones fritos recién pescados... que barbaridad! No se puede pedir más.

Luego a la bici y de ahí, tras pasar por el faro, hasta El Cotillo. 21km en poco más de 2 horitas a un ritmo muy de paseo evidentemente. Luego fuimos a la playa de las conchas a tomar unos bocatas y descansar un rato de la bici. Sobre las 16.00 nos despedimos. Fede y Chiara regresaron en bici, el resto de chicos marcharon en guagua. Y yo decidí seguir camino. 

Pasé por el pueblo, precioso, marinero, aunque demasiado turístico ahora. Restaurantes por todos lados, pero el encanto del puertito y el mar salado. Fue bajando desde allí por toda la costa que aquí llaman "norte" aunque más bien sea Oeste, por un sendero local bien marcado y con mejor piso que recorría los sinuosos acantilados que daban al mar o a secretas playas de arena blanca y grandes rocas. 

El camino terminaba en el barranco de Esquinzo casi a la altura ya de Tindaya. Crucé y seguí ya por caminos sin marcar y de más dificultad para pedalear y a veces incluso para mantenerse en pie. El viento que había respetado durante toda la mañana, era ya de cierta fuerza aunque se agradecía, porque la sensación térmica era perfecta, sin calor a pesar de la hora, y además porque soplaba a favor (de momento). 

Ya iba bastante tocadete pero me terminé por animar al contemplar la belleza de la playa de Jarugo. Desde ahí fui recorriendo la costa hasta, finalmente, alcanzar la playa del barranco de Los Molinos.  

El sitio, a nivel de naturaleza era una pasada. Pero me fui con una sensación de decepción por ver aquella cantidad de casas, coches y gente una encima de otra, sin dar respiro ni espacio a la propia naturaleza. Después de un descenso complicado (imaginen la subida por el mismo lugar) y una coca cola en un bar con unas maravillosas vistas pero el cual no volveré a visitar jamás por su servicio, suciedad y por los 2 eurazos que me clavó por la coca cola... decidí retornar a Tindaya.

Eran como unos 10km. Se hicieron eteeeeernos. Que dolor de piernas, de culo, de brazos,... pero sobre todo que rollazo el viento. Avanzar era imposible. Encima el camino se volvió muy arenoso y cada 2 o 3km me tenía que parar a descansar porque era durísimo. Llegué por fin a Tindaya (no sé ni cómo) y allí me hinqué un bocadillo de pollo con una coca cola en un bar de allí, que me repusieron de fuerzas y ánimos. 

Y nada,.. completé mi idea de recorrer la isla en bicicleta. Ya tengo Lanzarote a pie, Gran Canaria en coche y Fuerteventura en bici... a ver que hago con las otras cuatro! jejeje...

jueves, 26 de junio de 2014

FUERTEVENTURA SUR

Bueno otra vez por aquí.


Al final por motivos personales no pude hacer el Fuertebike como tenía previsto. De hecho he de agradecer a la organización que me devolvieran íntegramente la inscripción, lo cual dice mucho de ellos. Espero volver el año que viene y poder hacerla.

Como me quedó la espinita clavada, y venía cogiendo la bicicleta los fines de semana, me decidí a pegarme una ruta por mi cuenta, y aunque no sea una competición creo que es de mérito pegarse casi 120 km en la bici recorriendo los rincones de Maxorata. 

La experiencia fue una pasada, llevaba tiempo pensándola, no sabía si coger dos días y pegarme de norte a sur o como al final hice hacer dos grandes etapas en dos fines de semana para dividir la isla entre norte y sur. Pensé que de la segunda forma disfrutaría más, y así he hecho.

Tomé salida en Puerto del Rosario sobre las 7.30. El día empezaba a abrir, el amanecer desde Playa Chica y Playa Blanca era una maravilla. El mar era un plato, y la temperatura perfecta, aunque no tardó en hacer calor.

Puse rumbo al sur, por la costa, a la espalda del aeropuerto que ya comenzaba a recibir y despachar aviones. El camino estrecho, difícil, duro por ser técnico y complicado. Las vistas del mar preciosas. Luego, justo al terminar el aeropuerto crucé la carretera general por debajo de un pequeño túnel y desde ahí para el polígono de El Matorral. Desde ahí se enganchaba un sendero bastante entretenido, con buen piso y unos paisajes áridos pero llenos de aves.

Unos diez kilómetros después llegué a Triquivijate. Bonitas casas con huertos de picón, y mejores vistas a las sierras. Desde ahí hacia Antigua por un camino espectacular, ancho y con unos saltos increíbles. Plato grande, todo metido y encima cuesta abajo, un disfrute brutal, como un niño pequeño.

Casi ni tuve que cruzar Antigua, directamente salí a otro camino que llegaba a los Valles de Ortega, donde me salí del camino para ver la Ermita de San Roque. Después de cruzar otro pequeño pueblo, casi en ruinas, llegué al límite del Monumento Natural de La Caldera de Gairía. Un volcán rodeado de malpaís con las típicas rocas negras envueltas en líquenes verdes. El camino iba por debajo de la montaña y aunque era espectacular, la verdad fue durísimo porque casi no podías dar pedales por lo mal que estaba el sendero con parches de piedras sueltas, casi no podías mantenerte en la bici y además la bici derrapaba cuesta arriba.

 El paisaje era brutal, el calor se empezaba a notar. Seguí por un pequeño sendero después de equivocarme de camino unos minutos y desde ahí caminé por un lugar bastante aburrido hasta Tuineje. Llegué hasta el campo de fútbol y allí me metí debajo de un pequeño árbol para parar a desayunar durante unos 40 minutos.


Después de buscar el camino, tiré hacia arriba por un sendero que se hizo duro hacia arriba pero un disfrute cuesta abajo, camino a Juan Gopar, por Las Casitas. Era díficil no equivocarse y de hecho me equivoqué un tramo de unos 4-5 km, lo cual se hizo horriblemente duro por el calor y el cansancio. El paisaje se volvió desértico, no había un alma en kilómetros, no había apenas casas, no había sombra, solo montañas de tierra y piedra. La aridez era extrema, el cansancio por el calor se notaba cada vez más, estaba deseando llegar al mar. Luego de cruzar la carretera hacia el sur, la carretera se volvió descendente, todo metido y a disfrutar del camino hasta llegar al impresionante mar de Tarajalejo. Playas negras, ardientes, mar en calma, suave, fresco, doloroso de bonito. Una estampa. Llevaba casi hora y media de adelante según lo previsto. Un bañito y ha comer. Me pegué un homenaje con paellita y cerveza incluida. Y después a la bici de nuevo.


El camino de la costa se convirtió en un infierno. Era tan bonito como duro, y era muy muy bonito. Las vistas de La Lajita y el Mirador de la Peña eran impresionantes, como toda la costa previa, llena de bonitos acantilados, mar turquesa, playas semidesiertas, desconocidas, libres, silencio, tranquilidad y calma. Me encontré una playa impresionante justo abajo de La Lajita, cerca de los palmerales, en donde estaban rodando una serie para T5. 

El pueblo también me encantó, con ese sabor marinero, a pura mar, pura sal. El camino se cortaba y había que acercarse a la carretera, pero en realidad uno ya no sabía ni donde iba el camino, ni siquiera si había camino. Era senderos que subían acantilados y bajan hasta los barrancos para cruzarlos por arenales, pedregales y demás parches en los que la bici no tiraba. Me bajé como diez mil veces de la puta bici, estaba hasta el gorro. Cuesta arriba, la bici no agarraba por la arena y las piedras sueltas, derrapaba y había que poner pie al suelo.

Pero todo valía la pena por ver aquella maravillosa costa. 


Por fín llegué hasta Costa Calma, donde paré a tomar un refresquito. Ya estaba rendido, incluso había dicho que no iba a seguir más... pero eran las 16.00 casi una hora de adelanto, y bueno quedaban horas de luz. Es cierto que ya tenía los brazos y las piernas quemadas, un dolor de hombros tremendo y cierta fatiga en las piernas, pero al final me dije: "hemos llegado hasta aquí, y no tiene sentido no llegar hasta el final". Y así fue.

Subí hasta Sotavento, bajé hasta el Istmo de Jandía, recorrí varios kilómetros por el Parque Natural de Jandía, por sus infinitas playas para llegar hasta el sendero GR131. Un caminito de 1,50 m. con arenas y piedras sueltas, cuestas imposibles hacia arriba y bajadas entre arena blanca de playa. Fue un poco infierno la verdad. El camino se perdía y había que inventarlo y todo era un sube-baja que rompía las piernas. Y lo peor era que los caminos estaban tan mal que la bici no podía subir para arriba, era frustrante. 


Por fin llegué hasta los primero complejos hoteleros de Jandía, aunque no me vino muy bien, pues estos cortan el camino y hay que rodearlos (siempre hacia arriba) empujándote hacia la carretera general. Me equivoqué varias veces hasta llegar por fin a Esquinzo. Por ahí el camino seguía por la playa, pero como la marea estaba subiendo, apenas pude dar pedales durante un par de kilómetros. Y encima luego tuve que cruzar la carretera hacia el interior de la isla para terminar, por fin, llegando hasta la magnífica playa del Matorral, llena de alemanes viendo el mundial.

La cerveza de la victoria, la bici en el maletero de la primera guagua y para Puerto del Rosario. Llegué sobre las 19.15, casi doce horas después de salir de casa, unas 9 h. en la bici.

Fue duro, durísimo, sobre todo la última parte, pero sin duda mereció la pena  el esfuerzo por ver estos rincones tan espectaculares, y por conocer las maravillas que esconde esta isla, este lugar tan mágico.

El próximo fin de semana toca el norte... ya veremos...

lunes, 28 de abril de 2014

PRÓXIMOS RETOS

Después del tremendo pateo por Lanzarote (cada vez que lo pienso más ganas tengo de tirarme al monte otra vez), he pasado unas semanas de total descanso para recuperar molestias musculares y sobre todo kilos de peso. Ya estoy algo mejor así que vuelvo a plantearme historias.

Por de pronto voy a probar con la piscina y el gym a partir de mayo. Aquí por 35e hay una piscina cerca de casa muy apetecible y además con gimnasio al lado, que me va a venir de lujo para seguir ganándo peso y algo de volumen. 

Lo siguiente será la bici: el próximo 24 de Mayo se disputará la I Fuertebike, con un recorrido espectacular de 80km que recorre casi todo el norte de la isla, desde Corralejo hasta la montaña de Tindaya y vuelta. Siempre a la vera del mar y por recorridos muy bien señalizados y bonitos de andar en bici. El director del centro donde curro me convención y de paso se lo ha currado prestándome una bici para ello. Ahora habrá que mimarla y prepararla a base de entrenar. Por de pronto, el próximo finde aprovecharé el día libre para después de la manifestación, ir a llevar la bici unos cuántos kilómetros.

Tengo pendiente también una carrera de 10 km a mediados de mes en Las Palmas de GC aunque esa prueba me la tomo en plan tranqui porque la uso de excusa para ver a la peñita de allí y hacer turismo, más que para correr como tal.





domingo, 1 de septiembre de 2013

SUBIDA AL ANGLIRU

Se me fué un poco bastante la cabeza, necesitaba un par de días de descanso familiar, desconectar un poco, vivir un par de noches a la aventura y disfrutar de la naturaleza y el deporte. Álvaro se apuntó y marchamos al norte con las bicicletas, no hay mucho más que contar al respecto. La idea del Angliru me rondaba desde hacía años, y simplemente llegó el momento, era un finde que podía hacer una "escapada express" y con la tienda de campaña y poco más no lo pensamos mucho más.

Al final subimos el domingo por la mañana antes de regresar a casa. Yo el viernes pudo hacerme una pequeña ruta por el Guadiana, muy llana y que sirvió para rodar un poco. Por cierto el paraje precioso: cerca de Puerto Peña allá por Badajoz en donde pasé la noche de "vivaqueo" o lo que es lo mismo, durmiendo en el campo. Y el sábado nos curramos un buen trozo del Camino de Santiago desde Poo hasta la preciosa playa de Gulpiyuri, unos 25-30km por veredas que recorrían la costa y un puertecillo que primero bajamos y después subimos.

Y el domingo llegó el día. Nos cambiamos, pusimos a punto las bicicletas y nos preparamos para el inicio del puerto, justo después de echarnos las fotillos de rigor en el cartel que anuncia que estábamos en “el Olimpo del ciclismo”. Y eso es lo que es: una cima mítica. No hay mucha altitud, no es un puerto largo, pero tiene unas rampas imposibles y sobre todo e independientemente de todo esto, respira ciclismo, esfuerzo, sudor, dolor, superación, respira deporte. La montaña te cuenta eso paso a paso, giro a giro, rampa a rampa. Cada centímetro tiene un toque de misticismo, de heroicidad y eso te ayuda a dar un pedal más, a empujar la bici un metro más y a aguantar encima de la bici a pesar del dolor y el sufrimiento.

Sobre las 10:20 arrancamos abajo en el pueblo. Por delante 12,5km de puerto hasta la cima.  La primera parte del puerto, aunque dura, era bastante accesible según recordaba y así fue. Álvaro sufrió algo más pero era normal teniendo en cuenta la falta de forma y sobre todo la bicicleta. Se subía bien a ritmo y las vistas y la frondosa vegetación ayudaba bastante a pasar mejor la ascensión. Álvaro se iba metiendo poco a poco mejor en el esfuerzo y hay que recordar que no por ser menos duro que el final, deja de ser duro en sí, estamos hablando de 4km al 7-9%. Tras un par de km llegamos a una rampa dura pero muy corta que luego se convertía en unos metros de bajada que daban respiro a las piernas. Luego un giro brusco hacia la derecha y una cuesta empinada de verdad. Sobre el tercer km encontramos una cuesta dura sobre el 9% que luego giraba 120º a la izquierda hasta un grupo de casas. Esa fue la parte más exigente de estos primeros kilómetros. 
 
Sobre los 4,5km llegamos al descansillo de mitad de puerto: “Viapará”. Buen nombre sin duda el elegido. Paramos a echar unas fotos del paisaje entre caballos salvajes y gran vegetación. Había merenderos y una zona recreativa en el lugar. Aprovechamos para beber agua y comer algo para preparar lo duro de verdad. Volvimos a montar en las bicicletas para pasar un tramo de ligera bajada hasta quedarnos a unos 7km de final de puerto. La primera rampa fue como “llegar y pegar” dura de ponerse de pie. Además había caballos sueltos por mitad de la carretera y tenías que esquivarlos con cierto cuidado mientras subías piñones a ritmo alarmante. La cuesta se agarraba unos 100m y luego giraba a la izquierda para hacer una curva abierta hacia la derecha muy, muy suave, casi llana, dejando una casa de madera y una pequeña acequia a la izquierda de la calzada. 
  
Por entonces Álvaro ya venía por detrás a su ritmo. Giro a la izquierda de 180º y “Les Cabañes”: 22% durante 150m y te lo avisa un cartelito no creáis… duro, duro, duro como nunca. De todas formas andaba bien y con la bici de montaña y los desarrollos que se mueven, se sube, no es fácil, no señor, pero se sube. Después curva a la derecha. Me abrí todo lo que pude para coger aire y me dispuse a subir la siguiente rampa: “Llagos” que también se llamaba 14,5%. La rampa empezaba suave así que bajé un par de piñones, me levanté en la bici y avancé unos cuantos metros antes de que la propia rampa me pusiera en mi lugar. Iba bien después de todo. A la izquierda “La curva de los picones” con hasta un 20% de máximo desnivel, durísimo el tramo que se hacía muy largo. Desde aquí la vegetación se abría un poco y pude ver la silueta de Álvaro por allí abajo. 

Al final del duro tramo curva a la derecha, por supuesto tomándola abierta para tomar aire y recuperar un poco las pulsaciones, viendo pastar a las vacas y a los caballos sueltos por el monte. La Curva de los Cobayos y más rampas al 20% y justo a 50m de hacer la siguiente curva, a la derecha de la carretera, lengua afuera y pidiendo piñones a gritos, pedaleando con todo metido y metiendo aire al cuerpo a bocanadas, un cartel informativo de madera y en tamaño poster la portada de un diario local con la cara rota de Roberto Heras y un titular que rezaba: “Heras consigue su Angliru”. Vellos de punta. La emoción que se siente entonces es sencillamente indescriptible. Me encanta el deporte, he estado con 93.000 personas en Twickenham viendo un partido de rugby, he visto Fórmula 1, Grandes Premios de Motociclismo, he visto partidos de fútbol, y hasta he corrido un maratón con 35.000 personas más… pero nunca he sentido lo que sentí en 2008 viendo a Contador ganar en Angliru. No por ver volar a Contador o Valverde por esas rampas, sino por el ambiente, el buen rollo, los gritos, los ánimos, por ver subir a cientos de aficionados por aquellas rampas horas antes de ver a sus ídolos por esa misma carretera, y por ver a los ciclistas menos conocidos sufrir, retorcerse, ver sus caras de sufrimiento e incluso pedir ayuda para que los aficionados les subiéramos a base de empujones por aquellas rampas imposibles. Fue ese día cuando decidí que tendría que volver allí, pero con la bici. Y por eso me emocioné, recordando aquel día de campo y ciclismo con mis compadres Luis y Gorka. Fue puro DEPORTE.

Horquilla a la derecha y la “Cueña Les Cabres”. Un muro frente a mí del 23,5% de desnivel máximo y más del 18% de media en todo el tramo de unos 250m. Hasta aquí las piernas, la espalda y los brazos ya dolían, desde aquí, el dolor deja paso a la pasión, al puro sufrimiento. La bici no avanza, no hay persona que tenga fuerza para hacer este tramo sentado y si te levantas la rueda delantera se levanta y la caída se hace palpable, también por el esfuerzo. El aire a mil metros empieza a faltar y la única posibilidad para avanzar es haciendo “eses” avanzando literalmente metro a metro. Cuando no podía más, me levantaba, bajaba dos piñones y pedaleaba como si estuviera subiendo escalones: un pie primero, otro después. Hice el km casi en 14min. Una locura. En mitad de la rampa, eterna, a la derecha en un cartel la portada de Marca con “Chaba” Jiménez y el titular (muy al pelo): “BIENVENIDOS AL INFIERNO”. La  cuesta no acababa nunca. 
  
Llegar a la curva de derechas de final de tramo fue como una victoria. Me salí por fuera en la curva para recuperar piernas y tomar aire. La carretera “suavizaba” en la siguiente recta, y entrecomillo el adjetivo porque a estas alturas y pasado lo pasado, pillar una rampa del 16% te parece incluso apetecible. Había muchísimas vacas sueltas por la carretera y había que esquivarlas.
 
A la izquierda otra curva de herradura que recordaba perfectamente, pues allí fue donde vi la etapa en 2008. Llegaba el “Aviru” la otra gran pared del Angliru que llegaba al 21,5% y que se hacía eterna. El cansancio y la altitud se notaban. Tuve que volver a tirar de “eses” para subir la rampa, y casi desfallecí cuando me aparté para dejar pasar a una moto que subía no sin cierta dificultad. Aún quedaba una rampa más suave que terminaba en una chicane con un desnivel del 20% que era brutal. A 1500m de altitud y una vez hecha la gesta el resto fue simplemente disfrutar del paisaje, de las vistas, viendo Oviedo y la costa Asturiana al fondo y los pueblos del concejo de Riosa a los pies del monte. 

Después de la última rampa, se llegaba hasta un mirador desde donde la vista era impresionante, y desde ahí 400m hacia abajo hasta llegar al área de descanso en donde ponen la línea de meta en La Vuelta. Puff llegar allí fue una pasada. Realmente tampoco estaba tan agotado, pero sí que notaba que los músculos estaban al límite de fuerzas. Tomé aire, descansé, disfruté. Eché un par de fotos y después de creérmelo un poco, empecé a deshacer el camino. Paré en el mirador para echar fotos y ya desde ahí fui bajando rápido pero con calma y parando para echar fotos.
 
El descenso era impresionante, creo que pocas veces he pasado tanto miedo haciendo deporte. Era imposible bajar cómodo, hacía frío, iba casi temblando y tenía que frenar la bici entera antes de las curvas porque eran tan cerradas y con tanto desnivel que no se podía tomar dejando llevar la bici, había que parar e ir frenando poco a poco para hacer la curva. En la Cueña las Cabres me encontré subiendo a un grupillo de gente, sufriendo y desperdigándose por la calzada, iban haciendo “eses” así que yo tenía que ir evitándoles mientras les daba ánimos. Algunos echaban ya el pie a tierra ante el desnivel. La siguiente cuesta fue complicada porque había ganado suelto por la carretera. Seguí bajando y aunque no lo pretendía la bici en segundos se ponía en 60-70km/h, era increíble. Llegando ya a mitad de puerto, en la curva abierta de la casa de madera y la acequia, había ganado suelto y una ternera se cruzó mientras yo iba bastante rápido para coger la curva, frené lo que pude pero al estar en curva la bici se cruzó y entre hartarme de hamburguesa o tirarme a la acequia, en el último segundo decidí tomar la segunda opción y ponerme hasta arriba de barro. Y menos mal que solo fue eso, porque la voltereta que metí fue de órdago, y gracias que fue en aquel punto porque si es más arriba me harto de bosque y soy capaz de llegar al pueblo rodando. Nada, un par de arañones, me levanté y volví a la bici para terminar el descenso que en su segunda parte fue mucho más sencillo y cómodo de descender, más seguro pero también más rápido. Álvaro me esperaba ya en el coche, se quedó en una de las rampas del 21% y no pudo dar más de sí y aun así fue todo una gesta.
Y en definitiva se cumplió. Tardé tres horas reales, descanso arriba, caída, fotos y parada intermedia incluida y desde el descansillo fueron 1hora y 20min hasta arriba (8,3km) a una media de casi 10´ el kilómetro y llegando hasta los 1620m de altitud. Fue duro pero sin duda también fue un orgullo y una experiencia increíble.

Respecto al puerto y a la pregunta "¿todo el mundo puede hacerlo?", en mi opinión, todo el mundo puede subir si cumple con tres requisitos fundamentales:
a)  Una bici en condiciones. Con dos platos esto no se sube, por muy buena que sea la bici o muy de carretera que sea. Se necesita un plato muy pequeño, y ningún piñón está de más.
b)  Forma física. Algo de entrenamiento y mucha técnica con la bici. En los tramos más duros no se trata tanto de tener fuerza (que también) como de saber manejarte con la bici, aprovechar las partes más suaves, hacer eses, bajar piñones antes de una rampa muy dura para hacer metros, etc. Si vas recto no subes ni de coña.
c)  Cabeza. Creo que el factor psicológico es lo más importante: el sufrimiento te lleva a una situación límite en la cual si no tienes ese punto de superación, de querer llegar sí o sí, y de amor propio por terminar sin bajarte de la bici, sencillamente no lo haces. Hay que ser un poco masoca en realidad, saber y querer sufrir, porque se hace muy, muy duro y piensas muchas veces en bajarte de la bici.

Nada esta fue la crónica. Si alguien se anima alguna vez... que cuente conmigo!      
                      




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